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La Presentación del Señor Jesucristo en el Templo
El día de hoy es la Presentación del Señor Jesucristo en el Templo. Esta celebración siempre es celebrada el día cuarenta (40) después de la Navidad, que es hoy. José y María, siendo fieles Judíos, siguieron el ritual en donde dentro de los (cuarenta) 40 días todo varón primogénito tenía que ser entregado a Dios para servicio sacerdotal en el templo. Después el niño simbólicamente seria redimido, es decir, comprado por los padres de una forma de sacrificio monetario o de los pobres, ofreciendo dos tórtolas. Era un ritual que era rico en significado que se desarrolló después de la época del éxodo de Israel de Egipto y sus 40 años en el desierto. Usted recuerda que los israelitas tuvieron libertad del faraón cuando Dios fulmino los primogénitos varones de la tierra, excepto aquellos fieles Judíos que siguieron el ritual de purificación que él les dio.
Por eso la presentación y la purificación está muy significado por los judíos.  Por supuesto, Jesús no tenía que pasar por el ritual de la presentación porque él ya pertenecía a Dios y no tenía la necesidad de ser comprado de la esclavitud porque él no tenía pecado original. Como el Hijo primogénito de Dios y el Redentor de la humanidad, se ofrecería a sí mismo como el sacrificio perfecto para pagar el precio por la culpa de los pecados del mundo. Pero por obediencia y humildad los padres de Jesús siguieron el ritual y presentaron su hijo a Dios en el templo.
Lo que sigue a este acto de obediencia es la profecía de Simeón. Simeón durante toda su vida había estado esperando ver venir al Salvador del mundo. Siendo incluso un anciano él no se dio por vencido en creer, sino que mantuvo la esperanza que sería testigo de la venida de Cristo. ¡Usted puede sentir la emoción cuando María y José entran en el templo y Simeón ve al niño Jesús y, con gran alegría, lo toma en sus brazos y dice de cómo este niño sería una luz para las naciones gentiles y la gloria para el pueblo de Israel. ¡Qué asombroso debe haber sido presenciar ese acontecimiento! Pero para la mayoría que los rodeaban, el bebé Jesús que Simeón tomo en sus brazos era sólo uno de los cientos de bebés que eran presentados - no era nadie especial.
Pero como Simeón fue inspirado por el Espíritu Santo él podía ver con ojos de fe de que Dios estaba cumpliendo su promesa de enviar a su mensajero, como esta proclamado en la primera lectura por el profeta Malaquías: “De improviso entrara en el Santuario del Señor, a quien ustedes buscan el mensajero de la alianza a quien ustedes desean” Así, aunque Simeón vio cientos de presentaciones a través de los años, él no perdió importancia porque fue inspirado por el Espíritu Santo. Permaneció fiel, así que cuando de pronto la profecía se hizo realidad, él estuvo listo para verlo y celebrarlo.
Y la lección para nosotros es que el mismo Espíritu Santo se nos ha sido entregado a nosotros para inspirarnos. Y como Simeón, somos justos, y si permanecemos fieles a nuestras prácticas cristianas y las hacemos con devoción, nosotros también experimentaremos el cumplimiento de la palabra de Dios. Ciertamente, como católicos, también tenemos muchos rituales que practicamos una y otra vez y es fácil perder su importancia si los damos por sentado. Pero se nos ha dado el Espíritu Santo para mantenernos alerta ante la presencia de Dios a través de estos rituales, para que nos ayude a ver cosas que otros no ven, para mantenernos esperanzados en el cumplimiento de las promesas de Dios. Por ejemplo, los ritos del Bautismo, la Confirmación y el Santo Matrimonio, estos son hermosos rituales, llenos de simbolismo de la acción de Dios, pero son mucho más. Son momentos en los que se nos ha dado el regalo de la gracia de Dios y nos fortalecemos por el poder del Espíritu Santo. Si nos acostumbramos o perdemos su significado, no estaremos listos para experimentar su plenitud.
Imagínese si Simeón en algún momento de su vida hubiese renunciado seguir la inspiración del Espíritu Santo. Imagínese si solo se hubiese aburrido con ver un millar de presentaciones dejando de creer que no tenían valor o ir al templo ya no hubiese sido importante. O si después de una prueba o tragedia hubiese dejado sus prácticas religiosas. Si él lo hubiese hecho él no hubiese estado allí en el momento cuando Dios cumplió su promesa. Y escuchamos en el evangelio de la profetisa Ana y sus palabras sobre Jesús: Imagínese si después de enviudar simplemente hubiese dejado que la tristeza y el egoísmo dirigiesen su vida. ¿Y ella de ochenta y cuatro (84) años de edad, hubiese dicho que era demasiado para ella ir al templo para continuar adorando? Sin embargo el Evangelio dice que estaba siempre en el templo y que constantemente estaba ayunando y orando con la esperanza de la venida del Señor.
Ciertamente, somos humanos y nos ocupamos en la vida, tenemos muchas prioridades y fácil hacer muchas excusas, pero si dejamos de creer en el valor de nuestras prácticas religiosas, entonces dejamos de creer que Dios cumplirá sus promesas. Entonces comenzamos a buscar tener el mundo para cumplir nuestros deseos y para darnos instantánea satisfacción emocional. Primero, dejamos de ser inspirados por el Espíritu Santo para tener una fe de niño. Nos aburrimos con nuestros rituales católicos y perdemos su significado. Y eventualmente dejamos de practicarlos. Pero vea a María y José, que fueron obedientes incluso cuando estaban exentos del ritual. Y a Simeón y Ana que esperaban ansiosamente incluso después de toda una vida de decepción. Usted ve, Dios quiere darnos mucho más que satisfacción emocional. Él quiere darnos la satisfacción espiritual. Y es por eso que seguimos siendo fieles siguiendo la inspiración del Espíritu, aunque no sentimos querer ir más a la iglesia o rezar y ayunar. Necesitamos continuar celebrando nuestros rituales con gran fe y esperanza.
¡Y como católicos el ritual mayor que tenemos es la Santa Misa cada domingo.  Venimos a la iglesia, este templo dedicado a Dios, no sólo por un deber religioso o por un ritual de purificación, sino porque al igual que José y María somos obedientes a Dios y como Simeón y Ana, estamos inspirados por el Espíritu Santo! Y cada domingo tenemos la oportunidad de ver el cumplimiento de la promesa de Dios, la esperanza de la venida del Redentor, el Cristo, en palabra y sacramento. Como Simeón recibió al Salvador del mundo, y lo tomó en sus brazos, nosotros también recibimos al Señor Jesús y lo tomamos cerca de nosotros en la presencia de la Eucaristía. Ahora, de repente, nuestras prácticas religiosas son algo mucho más que rituales. Son milagros que nos llevan a encontrar al Dios vivo en la persona de Jesucristo. Estos no sólo nos dan buenos sentimientos, nos redimen, pagan por nuestros pecados y llenan nuestras almas con gracia salvadora. En cada Misa no solo nos limitamos a recordar la emoción que José y María tuvieron al entrar en el templo, o la inspiración de los profetas Simeón y Ana, sino tenemos que experimentarla y revivirla nuevamente!
Y algo más grande aún ocurre que en la Presentación del Señor en el templo de Jerusalén. Cuando venimos a la Iglesia y recibimos la Sagrada Comunión, en realidad estamos unidos a Jesús, a su Cuerpo y Sangre, las cuales nos hacen puros y santos, como pequeños bebés recién nacidos. Y después Jesús hace en el templo celestial una presentación de nosotros. Él nos entrega a su Padre Celestial. ¿Así, que no se alegra de haber venido a misa hoy? ¿No se alegra de haber seguido la inspiración del Espíritu Santo? En la Misa, nos convertimos en los que están siendo presentados a Dios. Y por eso invito hoy a todos los que reciban la Santa Comunión a que haga esta su meditación cuando regrese a su asiento - que se presenten a Dios Padre, el cual lo lleva en sus brazos y lo abraza con todo su amor. Y después usted también puede compartir las inspiradas palabras de Simeón:
“Ahora Señor, según tu promesa,
 puedes dejar a tu siervo irse en paz,
porque mis ojos han visto a tu Salvador,
a quien has presentado ante todos los pueblos:
luz para alumbrar a las naciones
y gloria de tu pueblo Israel, Amen.
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